Reseñas

MI TEBEO DE SANT JORDI: OT, EL BRUIXOT

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Ot, el bruixot 40 aniversari- Picanyol- Libro cartoné, 188 págs. B/N- 19,95 €

 

Por muchos motivos, también el sentimental, mi tebeo de Sant Jordi es Ot el bruixot, catalán y universal. Su rival preferente, la edición de Random de Acme Novelty Library, será con toda seguridad el mejor cómic del año.

La emblemática serie de Josep Lluís Martínez i Picanyol (Vic, 1948) fue creada para el número doble 215/216 de Cavall Fort en 1971 y apareció ininterrumpidamente desde su número 218. Sus historias ya habían sido recopiladas hace 26 años por Norma en Mussol, también por la editorial La Galera y en ocho volúmenes por la editorial Pirene, incluida el conmemorativo de su 20 aniversario en 1991. Echando cuentas a día de hoy, en estos tiempos de crisis, Norma ha prejubilado a Ot en su 38 cumpleaños celebrando su 40 aniversario.

Ot es una tira cómica protagonizada por un bruixot y su mujer con diversos personajes secundarios. Su dibujo es económico, limpio y funcional, en blanco y negro, vinculado al esquematismo de perfiles típico de la caricatura y entre cuyos antecedentes peninsulares se encuentra, aún en trazo más violento, el gran Coll.

Ot es una tira en la que los personajes no hablan y cuyas únicas palabras aparecen en letreros y diarios de las viñetas. Su principal sonido es el legendario Plop, onomatopeya de los fantásticos trucos que el mago ejecuta. Como ilusionista y profesional del simulacro, Ot disfraza de imágenes las palabras que con posterioridad el lector reconstruye por debajo de su sombrero. Ot deja espacio sonoro a nuestra risa. Así, tras su bigotillo, se adivina el humor físico de Charlot, tan presente en las constantes carreras de persecución.

Porque de persecuciones y caídas hablamos: la satánica caída fundacional en el pecado que Baudelaire identificaba en un famoso ensayo como el origen de la risa en la caricatura. Este camino del cielo al suelo es el que nuestros ojos recorren al leer las tiras de Ot el bruixot, mediador entre ambos mundos, apoyados por un formato vertical familiar a las tiras cómicas y que, en casos como el japonés, las definen.

Los indicios de esta interpretación moral son numerosos, la presencia cotidiana de Dios y el diablo, el gato y el ratón, el ladrón, el policía, el juez y la prisión, la ley ortográfica, las fronteras políticas… Entre ellas a nuestro entender destaca la imagen, muy significativa, del manzano que, en ocasiones, ofrece sus propios frutos.

Pero toda esta verborrea es secundaria en relación a la fruición inmediata de una de las mejores tiras cómicas española de las últimas décadas. Así que, sean 38 o 40… ¡Feliz cumpleaños, Ot, el bruixot!

 

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LAS SERPIENTES CIEGAS

 

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LAS SERPIENTES CIEGAS- Felipe Hernández Cava y Bartolomé Seguí

Álbum cartoné, 72 págs. Color- 16 €

 

 

Nueva York, 1939, un verano sofocante. Un misterioso personaje de rojo llega a la ciudad en busca de Ben Koch, antiguo miembro de las Brigadas Internacionales para ajustar cuentas pendientes. Éste a su vez busca a Curtis Rusciano, un ex amigo combatiente, con las mismas intenciones. El hombre de rojo narra el tiempo presente pero la voz de Koch se intercala para desvelarnos a través de flashbacks la clave del enigma situada en su común pasado inmediato: las luchas intestinas del bando republicano durante la Guerra Civil española.

Las serpientes ciegas, este penúltimo trabajo de Cava, se inscribe en la tradición que aborda nuestra Guerra Civil en clave de novela criminal con representantes tan eminentes en el noveno arte como Giardino con ¡No pasarán! o Christin y Bilal con Las falanges del orden negro. Debiera sobrar decir, pero debe remarcarse, que se trata un trabajo riguroso, cimentado sobre la erudición personal de Cava en la cultura popular de la América post-depresión: el pulp, la novela negra, los propios cómics… No sólo por este motivo, su valor histórico-documental, Las serpientes ciegas nos recuerda a Pilar Miró sino, ante todo, por su semejanza con el film Beltenebros, basado en la novela homónima de Muñoz Molina, en la que un antiguo brigadista vuelve a la España de la post-guerra para matar a un topo traidor en el seno del PCE.

De igual manera se adivina una profusa documentación visual que inevitablemente remite al movimiento de la fotografía directa y singularmente a las imágenes de Nueva York de Berenice Abbott. Aunque si una sensación predomina en relación al dibujo de este álbum ésta es la grata sorpresa por el giro pictórico de Bartolomé Seguí, acostumbrados como nos tenía a su trazo ligero y espontáneo, ahora condensado y potenciado en gran medida por el excelente trabajo del colorista Gabi Beltrán. En este sentido y por su tonalidad, la referencia no por obvia soslayable es Edward Hopper y, a través suyo, Jacques Loustal.

Precisamente, el tono cromático es uno de los motivos por el que consideramos fracasado el anterior proyecto de Cava, Soy mi sueño, en que impuso a Auladell un color que apagaba en exceso su magnífico dibujo y se enredaba en disquisiciones con Schopenhauer para recuperar la tradición intelectual que asocia la voluntad según la filosofía irracionalista alemana con el camino al Holocausto. El siguiente eslabón lógico de la cadena compuesta por estos dos álbumes debería llevar a Cava a componer un retrato del túnel del horror capitalista en el parque temático del consumo y el hambre global en que estamos metidos. Por lo que parece no será así sino que junto con Seguí continuará, Hombre descuadernado aparte, con otros dos álbumes de género negro centrados en el espionaje durante los años 50, el primero de ellos La niebla sin nombre.

Personalmente, no entiendo la polémica que se ha organizado alrededor de la nominación de este álbum para los premios del próximo Salón del cómic de Barcelona que ya ganó Cava en 1999 con Lope de Aguirre, expiación junto a Ricard Castells y, en 1997, con El artefacto perverso junto a Federico del Barrio. Creo que la cicatería hipócrita, disfraz de la pura envidia, es aún más injustificable tratándose del mejor trabajo de Cava desde el final del ciclo de Amorós. Eso si, en esta ocasión, podría acudir a recoger el premio que, sin duda, se merece.

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EL BORRON

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La Editorial La Cúpula y, singularmente, su editora Montse Terrones se han marcado un tanto con el primer descubrimiento del año: El borrón de Tom Nelly. Animador a la par que historietista, este novel norteamericano ha entregado uno de los cómics más curiosos de los últimos tiempos del que podéis ver un avance en la página personal del autor.

La historieta comienza a partir del everyman que se levanta, se asea y sale a comprar el diario. En medio de esta escena cotidiana brota un elemento siniestro: la imagen de una mancha informe que amenaza al personaje con su disolución a través del propio material que le constituye, la tinta. La única salida parece la huida hacia adelante pero, allí donde vaya, la mancha reencuentra al personaje, acechándole desde los márgenes de la viñeta, surgiendo de agujeros debajo de la cama o del propio rostro, la boca, los ojos, hasta que por estos orificios el borrón se ingiere en el protagonista. Una vez incorporada la mancha, el personaje recupera la apariencia cotidiana gracias a un sombrero que le cubre el rostro. En ese punto, una chica se reconoce a si misma en él e inician un relación afectiva y sexual en que liberan sus respectivas manchas para fusionarse y recuperar la normalidad, casa de campo incluida, peroooo…

La vocación de animador de Nelly se nota tanto en su dibujo, muy influido por el Mickey Mouse de Floyd Gottfredson, como en su narración orientada hacia el tránsito fluido entre imágenes con escaso apoyo de la palabra, en un tebeo prácticamente mudo. La combinación de la estética cartoon y esta carga de contenido psicótico aproxima a Neely a autores como Mattioli o, por su sentido trágico, al estilo cute-depresivo de Jason. Un tebeo muy recomendable. Como extra os dejamos con un vídeo suyo para el grupo The Muffs.


 

KAZUO UMEZU

 

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La proliferación sin precedentes del mercado del manga en los últimos años en España está teniendo consecuencias muy positivas para los aficionados a los tebeos. Una de ellas es la diversificación del manga publicado en nuestro país que está incorporando obras de sensibilidad adulta y underground muy interesantes. A la hora de rescatar ocasionalmente elementos del cómic underground, el género preferido por los editores mainstream ha sido siempre el horror. Así sucedió en Japón la pasada década y ahora lo recoge nuestra realidad editorial.

 

Este es el caso de Aula a la deriva uno de las mejores novedades que se pueden encontrar en las tiendas ahora mismo de la mano de Ponent Mon. En este manga una escuela entera de educación básica se transporta misteriosamente a un futuro en el que una serie de desastres ha acabado con la especie humana. Los estudiantes y profesores deben intentar sobrevivir entre hambre, enfermedades y monstruos mutantes y, ante todo, la locura que poco a poco se apodera de ellos y les hace enfrentarse unos a otros.

 

Su autor, Kazuo Umezu, representa la emergencia masiva del manga de horror en los años 70, coincidiendo con un boom mundial del género. Kazuo Umezu estableció las bases del manga de horror moderno, de influencia cinematográfica tanto narrativa como figurativamente, alejándose del estilo del manga de Tezuka para adoptar el dibujo realista del gekiga. Aunque las obras más famosas de Umezu son este Aula a la deriva (72-74) y Mi nombre es Shingo (82-86), alcanzaría la plenitud en su periodo de madurez con Catorce (1990). Catorce es una epopeya sobre un futuro apocalípsis medioambiental, mezcla de pesadilla biotecnológica y gore erótico extremo, violaciones infantiles incluidas. En el año 2121, la polución y la presión demográfica casi han destruido la tierra. La gente se alimenta de carne cultivada asexualmente en laboratorios. En uno de esos cultivos se desarrolla espontáneamente un embrión del que nace un hombre con cabeza de pollo. El hombre pollo se escapa y, al descubrir lo que se le está haciendo al planeta, prepara la destrucción del ser humano con ayuda de su genio natural para la biotecnología. En esta lucha se suceden todo tipo de catástrofes biológicas y ambientales. La raza humana deriva en horribles mutaciones deformes, las plantas se extinguen y los insectos nos atacan hasta que un meteoro acaba con nosotros. Las cucarachas narran victoriosas el último de los veinte volúmenes de la serie.

 

Por desgracia Catorce aún no se ha editado en Occidente pero si otras interesantes obras de Kazuo Umezu. La norteamericana VIZ ha publicado su clásico Orochi y dos espléndidos volúmenes que recopilan las historias de su personaje Cat-eyed Boy, Dark Horse ha editado 3 volúmenes recopilatorios de sus relatos breves de horror con el título de Scary Book e IDW ha hecho lo propio con Reptilia. Además en francés podemos encontrar Bautismo, nuestra favorita, de la mano de ediciones Glénat. Sería particularmente interesante que alguna editorial española se animase a publicar la obra que Umezu ha dedicado a Salvador Dalí. En el apartado de curiosidades existen tres adaptaciones a imagen de acción real de obras de Umezu, entre ellas la película de Aula a la deriva, y una casa encantada en un parque de atracciones de Tokio diseñada por él en 1994. Francamente estoy deseando subirme a esa atracción de feria.

 

3 NOVELAS EN IMÁGENES

 

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TRES NOVELAS EN IMÁGENES- Max Ernst- Atalanta

Libro cartoné- 520 págs B/N- 45 Euros

 

La editorial de Jacobo Siruela acaba de sacar al mercado un integral de las historias en collage que el artista Max Ernst realizó en el periodo de entreguerras compuesto por de La Mujer de 100 cabezas (1929), Sueño de una niña que quiso entrar en el Carmelo (1930) y el más conocido Una semana de bondad o los Siete Elementos capitales (1934). Estos tres ciclos de Max Ernst  figuran entre los antecedentes eruditos de la “novela gráfica” y suponen una nueva aportación al cuerpo de textos herméticos del catálogo de Atalanta.

Ernst elaboró estos comics surrealistas a partir de la reapropiación secuencial e intervención por collage sobre un catálogo de imágenes del folletín decimonónico. El artista inserta entre las grietas de estos grabados una serie de símbolos que remiten tanto al psicoanálisis como a la alquimia y cuya serialización en imágenes se recrea en unas elipsis de caballo que constituyen un  “relato” delirante sin apenas enlaces reconocibles, a excepción eminente de algunos de sus protagonistas como el hombre-pájaro.

Tres novelas en imágenes no es una obra apta para todos los públicos ni para todos los bolsillos así que recomendamos para aquellos que deseen saciar su curiosidad la edición norteamericana de Una semana de Bondad publicada por Dover, igual de árida pero al menos mucho más barata.

 

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